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Feroz y sin concesiones, la cantante argentina Natalia Doco regresa con Hacha, un álbum concebido como rito de iniciación que invoca el espíritu de Kali, la diosa hindú de la destrucción y la transformación. Entre himnos de pista de baile e incantaciones experimentales, el disco abre un nuevo capítulo en una obra que, desde su debut en 2014, se escucha como una sucesión de tránsitos vitales.

 

Nacida en Buenos Aires, Doco emprendió muy pronto la búsqueda de su identidad en las montañas de tierra roja del norte argentino, donde reconectó con su herencia guaraní y con la historia silenciada de su bisabuela. La potencia de los paisajes y los rituales indígenas dejó una huella profunda. Más tarde continuó su viaje iniciático en México, donde vivió de forma nómada durante varios años, actuando en clubes, bares y fiestas populares mientras se empapaba tanto de la euforia de las músicas tradicionales como de la fuerza mística de las ceremonias chamánicas.

 

En 2017 publicó El Buen Gualicho, un disco que dialoga con la luna y los espíritus, realzado por los arreglos de Axel Krygier, figura de la escena alternativa argentina. Sin embargo, su búsqueda espiritual había comenzado mucho antes, en los bancos de la iglesia católica y luego evangélica durante su infancia porteña. Marcada por la luminosidad de esos cantos y la experiencia de lo divino, terminó rechazando los dogmas que estigmatizan y oprimen a las mujeres.

 

Esa tensión dio forma a La Sagrada en 2023, un trabajo profundamente espiritual atravesado por su exploración de lo femenino sagrado, la experiencia de la maternidad y la lectura de Mujeres que corren con los lobos de Clarissa Pinkola Estés, libro que se convirtió en referencia esencial. Para Doco, la música pasó a ser una herramienta de sanación y empoderamiento.

 

Ahora, con Hacha, la artista afila su propuesta. Inspirado en Kali, la diosa que corta el mal de raíz con su espada, el álbum la muestra libre, feroz y abiertamente feminista. Creencias limitantes y patrones tóxicos son decapitados con una verve implacable. Compuesto junto al multiinstrumentista Lilian Mille, colaborador de Bada Bada, Oklou y Bilal Hassani, el disco deconstruye y transforma ritmos latinoamericanos como la cumbia, el reguetón o el cha cha en fórmulas experimentales que conservan intacta su fineza melódica.

 

De filo doble, Hacha deja aflorar también la sensibilidad de Natalia Doco. En español y en francés, dialoga con sus contradicciones y antiguas versiones de sí misma para alcanzar la aceptación y la reconciliación interior. Intracha abre el álbum como una incantación valiente. En temas como TM, Cha Cha Trap, Animal, Hacha o Juira, Bicha, que convierte una expresión campesina del norte argentino en conjuro protector, ajusta cuentas y saca las garras frente a los abusos. Cruda, romántica y felina por momentos, asume el amor y el placer sin complejos en BB, Faro junto a Shaga y Gatitude, un dúo ardiente con Johan Papaconstantino que late al ritmo de un funk brasileño.

 

Impulsada por los metales cinematográficos de Lilian Mille, que evocan el dramatismo de las telenovelas, Gatita Blanca celebra los amores imposibles a la manera de Juan Gabriel, tótem de los corazones rotos y figura monumental de la canción mexicana. Fiel a su costumbre de explorar sus profundidades, Doco honra también sus zonas de sombra. Que Vuela se enfrenta a la muerte. Casa llora la pérdida del hogar sobre un piano y voz conmovedores. A la Mar se eleva como oda a las mareas altas del alma y a la resiliencia.

 

“Huí de lo que soy, no soy lo que huyo, ahora soy nueva”, desgrana en Portal, una plegaria con vocoder que cierra el disco como el último canto de un rito, al término de un viaje profundamente liberador.

 

Con Hacha, Natalia Doco impone respeto y firma un álbum ardiente dedicado a la emancipación femenina. Su obra más poderosa hasta la fecha.

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